Ciertamente existe algo extraordinariamente ambiguo y equívoco en la percepción y los sentimientos que nos producen las ruinas. La aprehensión de una columna rota, pero todavía inhiesta, la visión de un templo incompleto y carcomido por el tiempo o de una escultura fragmentaria o de una vasija trisada y con dibujos desgastados, generan a la par un juego ambivalente de presencia y ausencia. La primera impresión que tenemos ante las ruinas es sin duda la de una presencia, pero una presencia a la que falta algo, presencia incompleta; la del resto o lo que queda. Tiene, en cierto sentido, la forma de la traza o de la huella: las ruinas son vestigio. Esta ambivalencia de las ruinas ha quedado estampada en la propia expresión “ruina”.
